jueves, 13 de agosto de 2009

Dos

Hace solo unos meses que pasó todo. Digo todo porque, en comparación, antes no había pasado nada. Sé que son dos adjetivos extremos e intensos, que llevarán a pensar que vivo en una excitación irracional, más propia de pastilleros que de hombres de mediana edad, de hombres con anhelos corrientes y vidas comunes, pero así lo siento y como en un buen sueño, en su alegoría sensorial, no quiero que se acabe.

Todavía recuerdo el primer día que lo cogí, aquella cosa pequeña y espabilada. Miraba sin ver pero en esos ojos, en ese gesto serio, curioso, no puede desembargarme de la sensación de estar siendo juzgado, otorgándome aquella breve oportunidad para comportarme como lo que, desde ese instante, me había convertido.

No me exigía nada. Las consecuencias de aquello, el papel que me imponía mi relación genética podía romperse sin mayor esfuerzo en aquel mismo instante. Él solo me contemplaba curioso, circunspecto, dándome tiempo para decidir el camino para el resto de mi vida, ser uno o convertirme en dos, unir para siempre, ahora lo entiendo, dos almas en un sola.

Él seguía allí, aguantándome la mirada, esperando el resultado de una operación matemática que se desarrollaba en mi cerebro con millones de variables. Sin más exigencia que mi sinceridad, mi decisión sin dudas ni temores, mi aceptación definitiva de que quería, no que se me imponía por alguna conjura esteriotipada, social o familiar; sino que deseaba febrilmente, acompañarle en este viaje que acababa de comenzar.

No mentiré diciendo que antes incluso de ver su carita ya le hubiera querido para siempre, eso lo sienten otros. Si es verdad y no están llevados por lo que “se espera”, les admiro su capacidad para abrir su corazón y dejar pasar a aquel al que solo unen unos cuantos genes, cuando solo son un resultado positivo en un análisis de sangre. Por mi parte, solo puedo decir que en aquella mirada vi algo más que unos ojos que me escrutaban. Sentí como poco a poco me aceptaba, como yo comprendía que hasta aquel momento no había estado completo, y fue entonces cuando un hormigueo en mi estómago fue convirtiéndose en una emoción que hizo tambalearse toda mi hombría. Y a mi, al que siempre había costado llorar, se me hizo un nudo en el estómago y nos quedamos mirando, ya en paz, resuelta la encrucijada, conformes ambos del resultado y esperando con desasosiego qué vendría después. Como lo sigo sintiendo cada día que pasa, cada mañana al despertar y verle.

Aquel día sé que podía haberme ido y él no hubiera dicho nada. Lo hubiera aceptado con la decepción de alguien que sabe que “no puede ser”. Pero también creo que mi decisión le alegró. No tanto como a mi, tal vez por que mi grado de conciencia era mayor, o no, quien sabe, tal vez su lucidez no se viera entorpecida como la mía por tantas cosas y él solo se dejara llevar por el roce de nuestros cuerpos y por la emoción que rellenaba hasta el último poro de nuestra piel y sintiera y viera el aura iluminada de los instantes felices, que lo adultos ya no vemos, pero que intuimos como recordándolo de un sueño donde fuimos puros. Tiempos olvidados de niñez, y tal vez por ello, se entregó como solo un alma limpia se entrega, sin fisuras.

No por todo esto, pero también, porque a esa entrega no se puede contestar con una decepción, yo me entregué a él. Y lo hago cada instante, porque mi lado egoísta me empuja a buscar el placer continuamente, hoy como ayer y como espero con ansia que mañana. Y ese inmenso placer solo él ha podido dármelo.

Algunos míseros de corazón, equivocados en confundir experiencia con podredumbre del alma, al leer estas líneas me tratarán con la compasión al incauto, al inocente ciego a los rigores de la realidad; incluso con el desprecio que las personas tan “realistas” expresan por las utopías, pero nada importa salvo la entrega incondicional que nos brindamos y celebramos cada vez que nos vemos y nos sentimos. Él ha limpiado mi corazón de basura, vilezas, rencores y oscuridades que lo asfixiaban. Aunque solo fuera por devolverme el corazón le querré siempre, hasta dar mi vida por él, ahora lo sé.

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