Hace solo unos meses que pasó todo. Digo todo porque, en comparación, antes no había pasado nada. Sé que son dos adjetivos extremos e intensos, que llevarán a pensar que vivo en una excitación irracional, más propia de pastilleros que de hombres de mediana edad, de hombres con anhelos corrientes y vidas comunes, pero así lo siento y como en un buen sueño, en su alegoría sensorial, no quiero que se acabe.
Todavía recuerdo el primer día que lo cogí, aquella cosa pequeña y espabilada. Miraba sin ver pero en esos ojos, en ese gesto serio, curioso, no puede desembargarme de la sensación de estar siendo juzgado, otorgándome aquella breve oportunidad para comportarme como lo que, desde ese instante, me había convertido.
No me exigía nada. Las consecuencias de aquello, el papel que me imponía mi relación genética podía romperse sin mayor esfuerzo en aquel mismo instante. Él solo me contemplaba curioso, circunspecto, dándome tiempo para decidir el camino para el resto de mi vida, ser uno o convertirme en dos, unir para siempre, ahora lo entiendo, dos almas en un sola.
Él seguía allí, aguantándome la mirada, esperando el resultado de una operación matemática que se desarrollaba en mi cerebro con millones de variables. Sin más exigencia que mi sinceridad, mi decisión sin dudas ni temores, mi aceptación definitiva de que quería, no que se me imponía por alguna conjura esteriotipada, social o familiar; sino que deseaba febrilmente, acompañarle en este viaje que acababa de comenzar.
No mentiré diciendo que antes incluso de ver su carita ya le hubiera querido para siempre, eso lo sienten otros. Si es verdad y no están llevados por lo que “se espera”, les admiro su capacidad para abrir su corazón y dejar pasar a aquel al que solo unen unos cuantos genes, cuando solo son un resultado positivo en un análisis de sangre. Por mi parte, solo puedo decir que en aquella mirada vi algo más que unos ojos que me escrutaban. Sentí como poco a poco me aceptaba, como yo comprendía que hasta aquel momento no había estado completo, y fue entonces cuando un hormigueo en mi estómago fue convirtiéndose en una emoción que hizo tambalearse toda mi hombría. Y a mi, al que siempre había costado llorar, se me hizo un nudo en el estómago y nos quedamos mirando, ya en paz, resuelta la encrucijada, conformes ambos del resultado y esperando con desasosiego qué vendría después. Como lo sigo sintiendo cada día que pasa, cada mañana al despertar y verle.
Aquel día sé que podía haberme ido y él no hubiera dicho nada. Lo hubiera aceptado con la decepción de alguien que sabe que “no puede ser”. Pero también creo que mi decisión le alegró. No tanto como a mi, tal vez por que mi grado de conciencia era mayor, o no, quien sabe, tal vez su lucidez no se viera entorpecida como la mía por tantas cosas y él solo se dejara llevar por el roce de nuestros cuerpos y por la emoción que rellenaba hasta el último poro de nuestra piel y sintiera y viera el aura iluminada de los instantes felices, que lo adultos ya no vemos, pero que intuimos como recordándolo de un sueño donde fuimos puros. Tiempos olvidados de niñez, y tal vez por ello, se entregó como solo un alma limpia se entrega, sin fisuras.
No por todo esto, pero también, porque a esa entrega no se puede contestar con una decepción, yo me entregué a él. Y lo hago cada instante, porque mi lado egoísta me empuja a buscar el placer continuamente, hoy como ayer y como espero con ansia que mañana. Y ese inmenso placer solo él ha podido dármelo.
Algunos míseros de corazón, equivocados en confundir experiencia con podredumbre del alma, al leer estas líneas me tratarán con la compasión al incauto, al inocente ciego a los rigores de la realidad; incluso con el desprecio que las personas tan “realistas” expresan por las utopías, pero nada importa salvo la entrega incondicional que nos brindamos y celebramos cada vez que nos vemos y nos sentimos. Él ha limpiado mi corazón de basura, vilezas, rencores y oscuridades que lo asfixiaban. Aunque solo fuera por devolverme el corazón le querré siempre, hasta dar mi vida por él, ahora lo sé.
jueves, 13 de agosto de 2009
miércoles, 12 de agosto de 2009
¡Corre!
Correr, correr, correr. Siento cómo mis pies se mueven rítmicos, veloces. Un paso, dos, tres. La cabeza al frente, orejas tiesas, músculos en tensión. No recuerdo cuanto llevo así, corriendo sin parar, huyendo de no sé qué. Pero lo hago, sin vacilar, sin motivo aparente. ¿Será por hambre? Uuumh? no. Tal vez me persigue alguna fiera que he olvidado. ¿cómo se puede olvidar el rostro de la alimaña que te persigue? No sé. Pero corro y corro.
Al fondo una ventana. Corro. Luz, una salida. El aire en mi cara... ¡ah! pues no. Que raro. No siento nada en mi cara. ¡Espera! No es momento de dudas, una salida, una esperanza al final del camino, en eso te tienes que concentrar, ¡corre!.
Parece que queda poco, ¡vamos! Corre. La luz de una lampara ilumina mi viaje y proyecta la sombra esbelta y ágil de mi cuerpo en el suelo. Mis pasos de sombras resbalan estáticos sobre el mismo sitio. Esa ventana... ¡qué lejos que está! Corre. Mas deprisa. Aprieto los ojos para hacer un pequeño esfuerzo mas pero no puedo.
Intento recordar como empezó todo pero... no lo recuerdo. Tal vez me di un golpe en mi huida, aunque me siento mejor que nunca, no me duele nada. Tan solo me recuerdo corriendo. Intento no desesperarme y hablarme con voz pausada. Concentrate en correr, en aquella ventana. Tal vez sea tu única opción.
Alguien se mueve a mis espaldas. No por favor, ¿será la bestia que quiere acabar conmigo? Corre, corre. La ventana, un poco mas, mis piernas desfallecen. Abro un poco mas la boca con la esperanza de que la bocanada me dé unos segundos más, unos metros más, ojala los suficientes hasta alcanzar esa ventana, la salvación.
Voces estridentes, gritos. Algo golpea el mundo que se tambalea y casi me hace caer al suelo. Corre. Este es mi fin. Espero con resignación el zarpazo de la muerte. El fracaso de no llegar hasta la ventana va ha significar el final de este viaje, del físico y del vital. Las voces cada vez están mas cerca, ya nada puedo hacer. Pero aun así, ¡corre!
- Mira papa el hamster está corriendo en la rueda que le compramos ayer.
- Claro, ya te dije que a todos les gustan estos juguetes, ves que contento está.
Toc,toc
- siiii, mira y no para, ¡que gracioso papa!¡vamos corre, corre!
- No le des en la jaula que le vas a asustar.
- ¿Papa?
- Qué
- ¿y en que pensará el hamster corriendo en la rueda sin ir a ningún sitio?
- No lo sé, corre porque tiene que correr, es su naturaleza. No creo que sepa que no va ha ninguna parte.
- Pero es triste pensarlo.
- Bueno, nosotros también hacemos cosas sin saber muy bien porque, cuidamos de los pequeños, hacemos amigos, ponemos flores en casa. Cosas que nos hacen felices sin saber porqué. Igual que el hamster. Seguro que eso también le hace feliz y nosotros no somos nadie para cuestionarlo, ¿no crees?
Al fondo una ventana. Corro. Luz, una salida. El aire en mi cara... ¡ah! pues no. Que raro. No siento nada en mi cara. ¡Espera! No es momento de dudas, una salida, una esperanza al final del camino, en eso te tienes que concentrar, ¡corre!.
Parece que queda poco, ¡vamos! Corre. La luz de una lampara ilumina mi viaje y proyecta la sombra esbelta y ágil de mi cuerpo en el suelo. Mis pasos de sombras resbalan estáticos sobre el mismo sitio. Esa ventana... ¡qué lejos que está! Corre. Mas deprisa. Aprieto los ojos para hacer un pequeño esfuerzo mas pero no puedo.
Intento recordar como empezó todo pero... no lo recuerdo. Tal vez me di un golpe en mi huida, aunque me siento mejor que nunca, no me duele nada. Tan solo me recuerdo corriendo. Intento no desesperarme y hablarme con voz pausada. Concentrate en correr, en aquella ventana. Tal vez sea tu única opción.
Alguien se mueve a mis espaldas. No por favor, ¿será la bestia que quiere acabar conmigo? Corre, corre. La ventana, un poco mas, mis piernas desfallecen. Abro un poco mas la boca con la esperanza de que la bocanada me dé unos segundos más, unos metros más, ojala los suficientes hasta alcanzar esa ventana, la salvación.
Voces estridentes, gritos. Algo golpea el mundo que se tambalea y casi me hace caer al suelo. Corre. Este es mi fin. Espero con resignación el zarpazo de la muerte. El fracaso de no llegar hasta la ventana va ha significar el final de este viaje, del físico y del vital. Las voces cada vez están mas cerca, ya nada puedo hacer. Pero aun así, ¡corre!
- Mira papa el hamster está corriendo en la rueda que le compramos ayer.
- Claro, ya te dije que a todos les gustan estos juguetes, ves que contento está.
Toc,toc
- siiii, mira y no para, ¡que gracioso papa!¡vamos corre, corre!
- No le des en la jaula que le vas a asustar.
- ¿Papa?
- Qué
- ¿y en que pensará el hamster corriendo en la rueda sin ir a ningún sitio?
- No lo sé, corre porque tiene que correr, es su naturaleza. No creo que sepa que no va ha ninguna parte.
- Pero es triste pensarlo.
- Bueno, nosotros también hacemos cosas sin saber muy bien porque, cuidamos de los pequeños, hacemos amigos, ponemos flores en casa. Cosas que nos hacen felices sin saber porqué. Igual que el hamster. Seguro que eso también le hace feliz y nosotros no somos nadie para cuestionarlo, ¿no crees?
jueves, 6 de agosto de 2009
Listos
Un día estuve pensando cómo librarnos de las malas personas. Me refiero a ese indeseoso de tu comunidad, trabajo, barrio, o lo que sea, incapaz de formar parte del colectivo, mostrándose sucio, maleducado, soberbio y en definitiva representando el “yo hago lo que me da la gana, que para eso soy el mas listo”, que se refleja desde mear en el portal, aparcar en la acera, tocar el claxon todos los santos días a las 6 de la mañana, y otras tantas variantes, llegando al que roba cable de cobre de las autopistas o el que monta follón en un burger con la seguridad de que el hostigamiento a la dependienta le ahorrará unos euros.
Pues bien, aun no siendo ninguna idea original, me inclino por meterlos a todos, toditos, en una isla para que disfruten de sus particularidades y dejen de sufrir por estas normas absurdas que seguimos los que preferimos “hacer comunidad”.
Surge el primer problema, no todos los “malos” son igual de malos. Y como un acto de justicia antropológica admito que se debería hacer alguna clasificación para no meter en la misma isla al que se caga en el portal y al alunicero, por poner un ejemplo.
Y claro, al estudiar los casos, se da uno cuenta de que si bien el que se caga en tu portal podrá seguir haciéndolo en su maravillosa isla de cagadores, algunos otros necesitan de una sociedad organizada para ser quienes son, por ejemplo los vecinos morosos, que como parásitos, dejan de serlo sin el huésped que los acoja.
Hoy estaba leyendo algunos blogs que aparecían en la página de meneame.net y he llegado a la misma conclusión. Hay individuos que colaboran, comentan y en general, comparten su experiencia y saber con el resto de manera constructiva, también con crítica, pero sin descalificar ni creerse los mas inteligentes y sabios. Personas con blogs magníficos, bien documentados y escritos, con textos e historias interesantes, tal vez para mi no, pero ¿quien soy yo? ¿El culo del mundo? ¿El gran ojo de la sabiduría?.
Y luego están los otros, los que se lo creen, “gente” que entra para fastidiar, para dejar opiniones que generen conflicto por diversión y engañar al resto de internautas, para practicar el absurdo juego de provocar por provocar, como aquella magnifica frase del gallego Pazos, personaje de la gamberra “Airbag”, de Juanma Bajo Ulloa, “discutiremos ese concepto con el fin de discutirlo”, descalificando a los demás y dejando un tufillo de “soy el mas listo, soy dios”.
Debe ser los mismo que aparcan sus coches en las plazas de minusvalidos de los centros comerciales, a un pasito de las puertas de entrada. Cuando salen de sus coche todo orgullosos y te ven pasar porque tu has dejado tu coche cuatro filas mas atrás te miran con indiferencia y pensando “pero que listo soy, y estos que tontos”. Pues a una isla con ellos, a la isla de los listos, y en el mundo virtual pues lo mismo, habrá que hacer páginas-islas como meneame.net y cualquier otra página donde la gente colabora y expresa sus opiniones, pero para listos.
Pues bien, aun no siendo ninguna idea original, me inclino por meterlos a todos, toditos, en una isla para que disfruten de sus particularidades y dejen de sufrir por estas normas absurdas que seguimos los que preferimos “hacer comunidad”.
Surge el primer problema, no todos los “malos” son igual de malos. Y como un acto de justicia antropológica admito que se debería hacer alguna clasificación para no meter en la misma isla al que se caga en el portal y al alunicero, por poner un ejemplo.
Y claro, al estudiar los casos, se da uno cuenta de que si bien el que se caga en tu portal podrá seguir haciéndolo en su maravillosa isla de cagadores, algunos otros necesitan de una sociedad organizada para ser quienes son, por ejemplo los vecinos morosos, que como parásitos, dejan de serlo sin el huésped que los acoja.
Hoy estaba leyendo algunos blogs que aparecían en la página de meneame.net y he llegado a la misma conclusión. Hay individuos que colaboran, comentan y en general, comparten su experiencia y saber con el resto de manera constructiva, también con crítica, pero sin descalificar ni creerse los mas inteligentes y sabios. Personas con blogs magníficos, bien documentados y escritos, con textos e historias interesantes, tal vez para mi no, pero ¿quien soy yo? ¿El culo del mundo? ¿El gran ojo de la sabiduría?.
Y luego están los otros, los que se lo creen, “gente” que entra para fastidiar, para dejar opiniones que generen conflicto por diversión y engañar al resto de internautas, para practicar el absurdo juego de provocar por provocar, como aquella magnifica frase del gallego Pazos, personaje de la gamberra “Airbag”, de Juanma Bajo Ulloa, “discutiremos ese concepto con el fin de discutirlo”, descalificando a los demás y dejando un tufillo de “soy el mas listo, soy dios”.
Debe ser los mismo que aparcan sus coches en las plazas de minusvalidos de los centros comerciales, a un pasito de las puertas de entrada. Cuando salen de sus coche todo orgullosos y te ven pasar porque tu has dejado tu coche cuatro filas mas atrás te miran con indiferencia y pensando “pero que listo soy, y estos que tontos”. Pues a una isla con ellos, a la isla de los listos, y en el mundo virtual pues lo mismo, habrá que hacer páginas-islas como meneame.net y cualquier otra página donde la gente colabora y expresa sus opiniones, pero para listos.
martes, 4 de agosto de 2009
uff, respira
Agosto ya no es lo que era. Antes daba gusto recorrer las calles de la gran ciudad con tu vehículo como si fueras el mago Harry, vaciando las calles de gente y coches a golpe de varita mágica y grito ininteligible ¡¡¡alohomora!!! y poniendo verdes los discos a tu paso.
A veces tenias la sensación de ser como “ Cesar “ el protagonista de “Abre los ojos”, la película de Amenábar, en aquella escena en la que recorre la ciudad sin encontrarse con nadie, hasta que desemboca en la Gran Via madrileña y descubría con estupor que estaba solo, tan solo que hasta daba cosica.
Hoy, entre la crisis y que tener mas de 15 días de vacaciones es privilegio de unos pocos, pero vacaciones de las de salir, de tumbarte al sol del Mediterráneo, de pasear por pueblos y ciudades desconocidas; ahora, como digo, la ciudad sigue con su bullicio. Tal vez se echan de menos los autobuses escolares, verdad papas y mamas, para congestionar un poquito el tráfico, pero poco mas.
En esto pensaba parado en un disco, a 35 grados, cuando me doy cuenta de que estoy haciendo sumas y restas con los números de la matricula del coche que me precede con el fin inútil y absurdo de convertirla, sin añadirle ni quitarle dígitos a su suma total, en capicua.
Y al poco poniéndome en el lugar de un comerciante de cualquier tienda intentando sortear esta crisis que no existe pero que echa a la gente a la calle.
Y segundos después, saltando entre pensamientos e imágenes, descubriendo el vestido colorista de alguna mujer que cruza, intentando calcular los metros de diferencia entre su paso y el del joven con los pantalones caídos, tal vez de unos pocos centímetros, pero comparándolas al cabo de 1000 o 10000 m., convertidos en... cuantos, ¿30 metros?
Y cavilando porqué la gente anda por el lado derecho de la acera, como si fueran coches, ¿andarán por la izquierda en Inglaterra? Y otro salto, y otro pensamiento aún mas absurdo, en fin, que hay veces que me entra la paranoia y me asusto, porque esta rara costumbre mía de ocupar la mente en tonterías, hasta rozar la obsesión, me lleva a ver lo cerca que esta el cerebro humano de la perturbación mental. No diré esquizofrenia porque no soy médico y supongo que es como llamar gripe a cualquier cosa que te haga estornudar, pero realmente da que pensar la delgada linea que separa estar “cuerdo” y ponerte a repetir las mismas palabras incontroladas y con movimientos espasmódicos del personaje de Brad Pitt en la película “12 monos”. Gran interpretación.
La diminuta diferencia entre el paso de esa mujer coloreada y el chico de los pantalones caídos.
A veces tenias la sensación de ser como “ Cesar “ el protagonista de “Abre los ojos”, la película de Amenábar, en aquella escena en la que recorre la ciudad sin encontrarse con nadie, hasta que desemboca en la Gran Via madrileña y descubría con estupor que estaba solo, tan solo que hasta daba cosica.
Hoy, entre la crisis y que tener mas de 15 días de vacaciones es privilegio de unos pocos, pero vacaciones de las de salir, de tumbarte al sol del Mediterráneo, de pasear por pueblos y ciudades desconocidas; ahora, como digo, la ciudad sigue con su bullicio. Tal vez se echan de menos los autobuses escolares, verdad papas y mamas, para congestionar un poquito el tráfico, pero poco mas.
En esto pensaba parado en un disco, a 35 grados, cuando me doy cuenta de que estoy haciendo sumas y restas con los números de la matricula del coche que me precede con el fin inútil y absurdo de convertirla, sin añadirle ni quitarle dígitos a su suma total, en capicua.
Y al poco poniéndome en el lugar de un comerciante de cualquier tienda intentando sortear esta crisis que no existe pero que echa a la gente a la calle.
Y segundos después, saltando entre pensamientos e imágenes, descubriendo el vestido colorista de alguna mujer que cruza, intentando calcular los metros de diferencia entre su paso y el del joven con los pantalones caídos, tal vez de unos pocos centímetros, pero comparándolas al cabo de 1000 o 10000 m., convertidos en... cuantos, ¿30 metros?
Y cavilando porqué la gente anda por el lado derecho de la acera, como si fueran coches, ¿andarán por la izquierda en Inglaterra? Y otro salto, y otro pensamiento aún mas absurdo, en fin, que hay veces que me entra la paranoia y me asusto, porque esta rara costumbre mía de ocupar la mente en tonterías, hasta rozar la obsesión, me lleva a ver lo cerca que esta el cerebro humano de la perturbación mental. No diré esquizofrenia porque no soy médico y supongo que es como llamar gripe a cualquier cosa que te haga estornudar, pero realmente da que pensar la delgada linea que separa estar “cuerdo” y ponerte a repetir las mismas palabras incontroladas y con movimientos espasmódicos del personaje de Brad Pitt en la película “12 monos”. Gran interpretación.
La diminuta diferencia entre el paso de esa mujer coloreada y el chico de los pantalones caídos.
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