jueves, 15 de octubre de 2009

olvido

Paolo se despertó con nauseas. Se incorporó en la cama, sentándose despacio para prevenir algún mareo inoportuno y se quedó mirando la puerta del cuarto de baño.
Joder! pensó, otra vez se había dejado la luz encendida María, su esposa. No le diría nada, pobre, los dos eran ya demasiado viejos para reprocharse esas pequeñeces, cada día juntos era un regalo, y los regalos se aceptan aunque no sean lo que esperas.

Se levantó y fue a la cocina. Era terreno desconocido para él, como para la mayoría de los hombres por encima de los 50, sin embargo se las apañó para encontrar la leche y unas galletas con las que acallar los misteriosos ruidillos que provenían de su estómago.

Se sentía extrañamente alterado, con desasosiego, no recordaba que María le dijera que fuera a salir temprano a la calle. Pero ella no estaba. Quiso pensar que habría salido a comprar algo de desayunar o cualquier otra cosa 'urgente' que no podía esperar hasta que él se despertara. No le gustaba verse así, solo, la echaba de menos aunque solo llevara despierto media hora. ¿Dónde estás?

Fue al cuarto de baño y se lavó. Mientras se peinaba 'para atrás' las canas contempló su rostro arrugado. No recordaba haberse visto así ayer, tan viejo. Recorrió con un dedo el gran surco que recorría su cara, despacio, como acariciando la vida que se le escapaba. Como se quedaba sin cara que plegar esa arruga.

Volvió a la habitación y se encontró con la cama hecha. Pensó por un instante que María había vuelto y su corazón excitado trotó peligrosamente en su pecho. Salió al pasillo con paso rápido gritando su nombre, María, María, ¿dónde estás? El salón, la cocina, vuelta a la habitación, nada. ¿Se le habría olvidado que había sido él mismo el que hiciera la cama? Si era María con una de sus bromitas se iba a enterar, pensó. Aunque en su interior lo estuviera deseando.

Mientras su esposa se divertía él fue al armario para decidir qué se pondría. Por un momento dudo, ¿trabajo hoy?, pero enseguida se dio cuenta de que eran las 11 de la mañana, imposible que se hubieran dormido los dos. Debía ser sábado o domingo, aunque en ese momento no se acordaba del todo. De improviso giro y se dirigió al despacho para apuntar algo en su libreta de trabajo. No estaba en su cajón de siempre y se desesperó buscando un trozo de papel donde apuntar, "esta María me lo desordena todo", pensó y escribió en medio folio:
- Ver a Luis (imprenta) y pedirle las pruebas de caligrafía, como mucho para el miércoles.
Más tranquilo volvió a la habitación y se vistió de sport, nada de corbata y traje, el uniforme de diario. Aunque a decir verdad, no había visto ningún traje en el armario. Otra vez pensó en María.

Cuando se dirigía al salón sonaron unas llaves en la puerta principal y a los pocos segundos la voz suave de una chica guapa pero que no conocía. Buenos días, quien es usted, ¿la nueva asistenta?
- No papa, dijo Claudia amorosamente, soy Claudia, tu hija. Veo que te has levantado ya.
- ¿Mi hija? Mi hija tiene 15 años, supongo que estará con su madre. Déjese de bromas y suélteme el brazo.
- Papa, estás malito, se te olvidan las cosas, pero soy tu hija Claudia. Ven siéntate.
- ¿Que estoy qué? Preguntó Paulo incrédulo. De repente recordó que había hecho la cama antes de desayunar, y que se levantó a media noche al cuarto de baño para beber agua. Se acordó de que ayer era tan viejo como hoy, que había asistido al funeral de Luis hacía ya algunos años y que fue con su mujer María. Se acordaba porque Concha, la mujer de Luis le agradeció mucho a ella el pequeño homenaje que le había escrito en el periódico al viejo 'jefe de imprenta'. Y recordó que María ya no estaba, que se había apagado no hacía mucho, o si, no lo sabía, pero un gran vacío se apoderó de su alma, un vacio oscuro y terrorífico que revivía casi regularmente, cada día.

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